miércoles, 21 de octubre de 2009

Pensamientos de Dina

Es un placer lanzarse al agua que fluye límpida y fresca de sol: a esta hora no hay nadie. Al rozarlas, las cortezas de los chopos te hacen estremecer mucho más que el agua crepitante de un chapuzón. Bajo el agua todavía está oscuro y hace un frío que pela, pero basta emerger al sol y se vuelven a mirar las cosas con ojos lavados.  Es un placer tenderse desnuda sobre la hierba ya caliente y buscar con los ojos entornados las grandes colinas que sobrepasan los chopos y me ven desnuda y nadie de allí se percata. Aquel viejo en ropa interior y sombrero, que iba de pesca, me ha visto zambullirme, pero ha creído que era un muchacho y no ha dicho ni pío.  Esta noche regreso como mujer, vestida de rojo -aquellos hombres que me sonríen por la calle no saben que ahora estoy tendida aquí, desnuda-, regreso vestida a recoger sonrisas. Aquellos hombres no saben que esta noche tendré caderas vigorosas bajo el vestido rojo y seré otra mujer. Nadie me ve aquí abajo: y más allá de las plantas hay dragadores más fuertes que aquellos que sonríen: nadie me ve. Son necios los hombres -esta noche, bailando con todos, será como si estuviese desnuda, como ahora, y nadie sabrá que podría encontrarme aquí sola. Seré como ellos.  Tan sólo que, los muy necios, querrán abrazarme estrechamente, susurrarme pícaras proposiciones. ¿Pero qué me importan           sus caricias? Sé hacerme caricias yo sola. Esta noche deberíamos poder estar desnudos y vernos sin pícaras sonrisas. Yo sonrío sola al tenderme aquí entre la hierba y nadie lo sabe.

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